Comprar un SUV híbrido enchufable sigue siendo, para buena parte de los compradores españoles, un ejercicio de fe. Se paga más que por un híbrido convencional, se promete una autonomía eléctrica que rara vez coincide con la real y, de fondo, queda la duda de si toda esa complejidad mecánica —motor de combustión, motor eléctrico, batería, embrague, a veces dos cajas de cambios— va a dar guerra a los 80.000 kilómetros. Los índices de fiabilidad existen precisamente para responder a eso con datos, no con intuición.